martes, 12 de marzo de 2013



La vida está trazada con líneas, líneas que nos unen o nos separan. Lineas que nos cercan o nos marcan el camino. Líneas que pueden tener un trazo tan fino que, a veces, ni las vemos.
Puede ocurrir que al final tengas tantas a tu alrededor y tan finas, tan... quebradizas, que se convierte en algo imposible poder dar un paso sin borrar alguna con los pies.
Un pequeño movimiento y la línea se rompe.
Puede ocurrir que el romper una línea puede ser bueno, puede ser como tirar un muro, como romper unas esposas o llegar a una meta, pero también puede ser como perder un globo o caer por un barranco. No siempre no tener vuelta atrás es un privilegio.
Hay líneas de tiza y líneas de piel. Hay grietas y cicatrices. Hay hilos y carreteras. Blancas y negras. Renglones de una carta o pilares de un puente.
Pentagramas y cortes en la piel.
Hay momentos en que sólo quieres borrarlas todas, romperlas todas, las que te separan y las que te unen y puedes perder cosas valiosas y encontrar otras nuevas, que pueden ser más valiosas que las primeras, o no.
Puedes arriesgarte o conformarte. Puedes frustrarte y desesperarte. Puedes querer romperlo todo para ser libre por fin, pero sólo es libre quien traza las líneas.
Dios no da tizas. Por eso a veces no nos queda otra que guiarnos por nuestras propias cicatrices.

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