viernes, 6 de abril de 2012


Dejé reposar mi sueño en un lecho de estrellas. Dejé que cada una de sus explosiones rozasen mi piel. Dejé que tu recuerdo llenase mi vida, como una exhalación o una enfermedad.
Olvidé el temor y la desconfianza. Empecé a creer en la hospitalidad de un desconocido. Disfruté de la dulzura de tus palabras y cabalgué sobre las melodías de tu voz.
Pasaron los días y la historia sin nacer se tornó agridulce.
Apareció una mirada turbia, un gesto sincero, pero triste, apareció la verdad que ocultaban tus actos imprudentes y egoístas.
Y el universo volvió a ser lo que era. Una inmensidad de vacío infinito lleno de misteriosos mundos desconocidos. Volvió a pesar la falta de aire, volvió a sentirse la presión de la incertidumbre. Volvió a llegar la realidad como un puñetazo. Como un portazo.
Adiós muy buenas.
Pero en el momento exacto de la bofetada, de la mentira desenmascarada, se recuperó el orgullo de la inocencia y la bondad incorruptible.

Cierra los ojos, mira hacia el centro de tu mismo cuerpo, de tu eterna mente, implosiona. En los orígenes de quién eres, en tu propio universo.
Somos nuestro propio universo. Aunque aprecio cada gesto, cada mirada, cada caricia, cada preciosa mentira, cada ilusorio sueño... no necesito más luz que la de mis propias estrellas.

Mírame brillar. Ya no te queda de mí otra cosa que mi estela.

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