lunes, 16 de abril de 2012



Cuando te vi hubo un impasse en el tiempo. De repente un agujero negro se había tragado el mundo y yo sólo podía verte a ti. A ti, como si no te conociera.
Te presentaste ante mi con tu misma cara, con tu misma sonrisa a medias pícara y a medias triste, con tu misma forma de andar, decidida y prudente, y aunque conocía cada movimiento, cada gesto, es como si te viera por primera vez.
No hablo de la familiaridad que nos da el tiempo, hablo de la sensación profunda del anonimato. De la sensación de chocar con un desconocido, un desconocido que ya habías visto antes.

Y así, caminando a tu lado, recordé todas nuestras historias, todas las cosas que supe de ti, todas las conversaciones que compartimos y al mirarte de reojo mientras sonreías, fui incapaz de darme cuenta de que él y tú erais la misma persona.
Como si en alguna parte se hubiese roto algo.

Y al caer la noche, soñé contigo. Soñé contigo tal como estabas, tal como estaba y se me desdibujó la realidad de repente, sin saber ya en dónde me encontraba. No sabría decirte qué fue más real, si lo que sentí o lo que existía. Ni sabría decirte lo que existía. Un frío aparente que no me creía, pero que me daba escalofríos.
Aunque en mis sueños no aparecía.

Aun tengo ese olor afrutado en mi pelo.

No podemos estar tanto tiempo sin vernos.

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