miércoles, 7 de mayo de 2014




Todo el mundo se convierte en energía. Una mirada que te arde en el cuello, un aroma familiar que te recorre como una brisa, desde las puntas del pelo hasta la nuca. Un escalofrío.
Cada gesto es una conexión. Cada caricia un recuerdo. Las hojas caen amarillentas y resquebrajadas y a ti te nace una primavera, un brote de memoria en un suspiro.
Los momentos se acumulan, se retuercen, se reflejan. Las sensaciones mutan. Son lo que crees que sentiste visto desde el prisma del presente. Lo que recuerdas que fueron.
Tus dobleces se expanden, buscan respuestas a través de la historia. Buscan una razón de ser para seguir viviendo. Cada sonrisa y cada mueca se intercambian.
Las lágrimas que cayeron aún humedecen el rostro.
Ese pasado estúpido que se cree presente.
Tú siempre tendrás un nombre y un lugar. Estés donde estés. El peso de cada historia es diferente, independiente, incomparable.
Algunas personas están imantadas. Sus yemas son chispas, eléctricas, te erizan hasta los sueños. Vuelven y se van incluso sin estar presentes. Vagan en ese mar inmenso y se ahogan una y otra vez buscando al barquero.
Te dejan la sensación de un verano inacabado, un odio inmaduro, un amor incomprendido.
El ruido externo es sólo un excedente, como todos los extras de esta historia. Todos esos rostros y caras que importan lo que importa una flor del día.
Vertederos de (amor) recuerdos. Donde cada perla perdida es una descarga. Donde cada imagen escondida sigue siendo vivida, una y otra vez, como la sensación de unos labios conocidos.

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